Por lo corta de nuestra existencia,
siempre buscamos trascender, es decir dejar una huella en este mundo en que vivimos. Algunos tienen hijos, perros, siembran arboles, componen canciones o pintan cuadros. Yo a los 15 años escribí mi primer poema. Y tu, si lees y recuerdas después de un tiempo lo que leíste aquí, una parte de mi estará en ti y cierto es que yo habré trascendido. Gracias por Visitarme.

11 de julio de 2026

Mamá se estaba despidiendo

 


Mamá se estaba despidiendo. Ella, como todas las madres, sabía que era nuestro mundo y sin ella no podríamos vivir. Por eso fue diciéndonos adiós, lento.

Ella era un dinamo, una fuerza natural, que no necesitó descansar nunca. Que podía hacer mil cosas en la casa y recibirnos con una sonrisa, cuando nosotros llegábamos del trabajo, casi muertos.

Siendo niños, la vimos atender a papá, a nosotros, mantener la casa, repartir abrazos y regaños, con la justicia y equidad de cualquier diosa griega. Era ella para todo, era ella para todos.

Pero lento y sin que nos diéramos cuenta, las arrugas de su cara se hicieron tan profundas como las de sus recuerdos.

Pasó de la adultez a la ancianidad mientras el tiempo a nosotros mismos nos hacía sentir viejos.

Así que lento, muy lento, fue preparando su adiós en silencio. Lento como se marchita una flor, lento como un hongo que las raíces va carcomiendo. Ella sabía que no podríamos vivir sin ella; así que todo lo hizo lento.

Dejó de hacernos todo lo que le pedíamos, así que nosotros comenzamos a hacerlo. Dejó de cuidarnos como niños; ahora era ella la que pedía que la cuidáramos, que con dulces o paseos la consintiéramos.

Dejó de levantarse temprano de la cama todos los días en su lucha eterna con el tiempo; ahora podía pasar horas y horas entregada plácidamente a cualquiera de esas cosas desconocidas que hacía en sus sueños.

Dejó conscientemente de ser mamá, se aliaba con nuestros hijos, sus nietos, para gastarnos bromas y divertirse entre ellos. Era y no era mamá: era una niña que fácilmente transitaba de la alegría a la tristeza.

Mamá se estaba despidiendo, nos decía adiós sin que nos diéramos cuenta, enseñándonos su última lección, quizás la más importante de todas. Mamá nos enseñó a empezar a vivir en un mundo donde ella no estuviera.

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Marisol amaba leer

 




Marisol amaba leer, tener un libro entre sus manos y leer página tras página, capítulo tras capítulo. Atesoraba los libros, y tenía colecciones enteras: clásicos griegos, rarezas árabes, novelas negras, poemarios de todos los rincones del orbe. Su curiosidad daba para todo; cualquier libro caído en sus manos era leído en cuestión de días.

Pasaron los años, pasaron los libros; leyendo a Borges, soñando con sus bibliotecas hexagonales, a Clark con sus múltiples mundos. Leyendo las historias de amor de Roberts llegó a la vejez. Los libros se le hicieron cada vez más pesados y sus dedos dolían cuando daba vuelta a la página. Pero nunca dejó de leer, de soñar, de vivir las múltiples vidas que le ofrecían los libros. Nunca dejó de hacerlo hasta aquel ictus.

Eso lo hizo olvidarse de todo. De quién era, de quiénes eran esos que se hacían llamar sus hijos. Quién era aquel anciano que la llamaba amor, y aún más: olvidó cada página de todos sus libros. Una a una se hicieron humo, en una pira que se elevó al infinito. Pero con tiempo y paciencia pudo recuperarse; a los meses, pudo recordar quién era, quiénes eran familia o quiénes eran desconocidos.

Y mucho después vinieron a su mente algunas historias nebulosas, distantes, por las cuales tenía que preguntar: Oswaldo, ¿nosotros hemos ido a Macondo? ¿Cuándo volveremos al chalet de esa montaña mágica? Muchas historias se hicieron recuerdos y muchos recuerdos, historias fantásticas sacadas de libros.

El doctor le dijo que ya nada sería igual, pero había que agradecer seguir con vida. Que podía seguir leyendo, pero que al finalizar un párrafo no podría recordar lo que había leído. —Cinco líneas —dijo— es el límite de lo que podía retener; cinco líneas, y a veces en desorden, era lo que podía recordar al terminar un párrafo.

Indiferente al diagnóstico, siguió comprando, siguió leyendo, aunque de la historia solo recordara uno de los protagonistas. Siguió leyendo y le preguntaba a Oswaldo: ¿Cuándo vendrá Zorba? Él dijo que traería mi vestido de Creta. Ella tenía un pie en el presente y otro en el tiempo infinito de los libros.

Su memoria, como la historia de un libro que poco a poco se termina, ha seguido replegandose. Hoy todos sus libros yacen entre polvo y telas de araña; ya no huelen a libro, huelen a olvido, a la vieja madera donde están detenidos. Ya no hay montones de ellos al lado de la cama; hoy no hay hora de lectura, solo de terapias y de medicinas.

Ironía que la biblioteca, otrora con vida, esté abandonada en el ático, donde es imposible que el dolor de rodillas deje que suba, y que todas las historias que amó vuelvan a rodearla como mariposas en primavera. Allí solo quedan montones de libros olvidados, recuerdos de viejas lecturas haciéndose polvo en una memoria que lentamente se hace añicos.

El era mi mundo



 -Espero que te vaya bien en la vida, deseo que vivas todas las alegrías que sé que yo jamás podré darte. De verdad quiero que seas feliz, como sé que tú y yo no podemos ser.- Se lo dijo mirándola directo a los ojos mientras ponía esa cara de incomodidad y desencajamiento que ponen los hombres que matan sin querer.

Y así, como si lo que había dicho fuera un saludo en la mañana o la respuesta a un simple: ¿qué hora es? Se acercó a ella, besó su frente y sin despegar sus labios le dijo: suerte. Y dio un paso atrás, luego otro y mirándola directo a los ojos, fue separándose de ella y aunque ella no quería soltarle, ya solo los unían las manos, los dedos. Tres, dos, uno solo. Y de pronto la fuerza vital que mantenía su mano en lo alto paró, y sus dos manos cayeron como troncos de un árbol cuya savia se detuvo por completo.

Frío. Apenas él soltó su mano y sus dedos dejaron de tocar sus dedos, sintió frío, un frío cortante que amenazaba con llegar a su corazón aún convulso por la intempestiva muerte de toda su alegría y sus sueños. Así que cerró sus puños fuertemente, el frío amainó. Se quedó en sus dedos, y lo miró, cuando se dio la vuelta y se fue caminando sin más palabras que las ya dichas. Ella, inmóvil quizás por un segundo, diez minutos o siete horas no dijo nada, no hizo nada. Solo existió antes de cualquier pensamiento.

Dio la vuelta y caminó sin rumbo pero en dirección opuesta a él, como él lo había querido. Ya nunca más caminarían de la mano, nunca más fingiría tropezar para que él la sostuviera entre sus brazos, nunca más el calor de sus manos, ni el olor detrás de su oreja, nunca más sus dedos apoyándose en su cintura buscando seguridad. Todo terminó. Ella soñó, pero despertó en quizás la hora más oscura. Sus pies avanzaban en un camino que desde ese momento le parecía incierto.

Ella no pudo soportarlo y se detuvo para darse vuelta con la esperanza de que él estuviera justo detrás suyo, sonriendo o en el mejor de los casos, corriendo hacia sus brazos para alzarla por los aires y besarla mientras pedía perdón por siquiera pensar que un mundo era posible para ambos, estando lejos.

¡Pero no! Diez, veinte, treinta metros, lo que vio fue al hombre con el que había soñado una vida y planeado muchos años haciéndose cada vez más pequeño en un mundo que para ella estaba comenzando a parecer inmenso y deshabitado.

Volteó, con la determinación firme de ya no mirar al pasado y se encontró un paisaje de belleza agresiva. Pues sentía como golpes aquel sol radiante y aquel cielo azul, las personas hace un rato inexistentes pulularon de pronto y ahora caminaban, reían, hablaban, mientras dentro de sí todo colapsaba. Pero no lloró, y aunque sus ojos ardieron y un grito desde el fondo del alma murió en su garganta, no dijo nada. Solo pensaba, pensaba.

Y así, caminando como en un túnel, llegó a casa, entró a su habitación y se lanzó en la cama. En esa cama que tantas veces sirvió de lecho, donde tantas veces se hicieron un amor que ella pensó eterno. Donde hablaban por horas después del sexo. Donde se contaron sus vergüenzas, sus secretos. Hoy esa cama volvía a ser de una, estaba acostada sola, ya nunca más dormiría con él. Tantos "nuncas" cruzaron su mente, que se quedó dormida mientras las lágrimas brotaban una tras otra sin que ella pudiese hacer nada.

Eran más de las dos de la madrugada cuando despertó. Sentía frío, se levantó de la cama a cerrar su ventana, pero antes de hacerlo miró afuera. Todo era silencio, soledad, frío. Todo oscuridad y una ciudad que permanecía callada. Se dijo para sí o quizás hacia algo allá, en el oscuro cielo -¿Por qué?- y bajó la mirada. Miró sus manos, sus dedos finos, apoyados en el alféizar de la ventana y pensó: estos dedos no podrán tocarte, no podrán darte placer o consolarte. Y mientras lo decía los dedos se hicieron cada vez más finos, traslúcidos como hebras de humo que surgen cuando se quema el incienso. Hasta que desaparecieron.

Levantó los brazos frente a su cara, esos brazos que ya no podrán abrazar ese cuerpo mientras buscaban hacerse uno, en la cama. Ya no, no será, no podrá hacerlo y al igual que sus dedos, sus brazos fueron haciéndose finos, hasta el punto que solo quedó aire donde antes había carne.

Se lanzó a la cama y miró su pecho, que subía y bajaba lento. Y se dio cuenta de que sin él, de qué servía el corazón, si ya no podía entregárselo. Y este, obedeciendo, se hizo con cada latido más pequeño. También desaparecieron las piernas, que no la llevarían ante él. Ella era solo una cara, unos ojos mirando un mundo solitario.

Y fue desde la cama donde pudo ver el cielo resquebrajarse a lo lejos, relámpagos rasgaron la noche, relámpagos mudos, que quedaron como tatuados en el cielo nocturno. Lo marcaron de norte a sur, de este a oeste. Todo se cubrió de rayos que rasgaron todo hasta hacer que pareciese cristal de un automóvil accidentado. Vio las montañas, que intentaron subir estiradas por los dedos de una mano divina y luego caer, resquebrajadas. Y miró las grietas, y el brillo cálido de la piedra derretida entre ellas.

Cerró los ojos y solo escuchó el estallido del cielo e imaginó sus pedazos cayendo desde lo alto,  escuchó el bramido de la tierra, tragándose todo y a lo que no, escupiéndole roca incandescente hasta volverlo ceniza.

Ella ya no tenía una razón para existir y el mundo había aceptado dejar de existir con ella. Mantuvo los ojos cerrados en esa cara que se transparentaba cada segundo.

 ¿Para qué boca, sin sus besos? ¿Para qué mejillas sin sus dedos? Apretó aún más los párpados, oscuridad. Se hizo el silencio allá fuera, quizás todos los pedazos del cielo habían caído ya, y se los había tragado la tierra.

Abrió los ojos, nada. Nada había afuera, nada quedaba dentro.

Impermanencia

 


No somos más que una hoja cayendo lento al suelo de un bosque lleno de ellas. 

Todo lo vivido se encierra entre las erráticas vueltas que el viendo hace dar a la hoja.

A veces exponiendo una cara y luego exponiendo la otra, dándonos a partes iguales, luces y sombras.

Eso somos, solo una hoja entre miles de un árbol, que caen lento a un suelo donde se pudren, millones de ellas.




22 de febrero de 2026

El piano

 







Cuando él se sentía triste, se sentaba al piano y repartía su tristeza entre todos los presentes, que tenían la dicha —o quizás la pena— de escucharlo. Entonces, aquel hombre recordaba a su madre, hace ya tanto tiempo muerta, y aquel otro, al amor acabado en malos términos.


Una mujer, mirando su anillo, recordaba al prometido asesinado antes de la boda; y aquella otra, al amor que sintió crecer en su pecho y que fue traicionado.


Algunos simplemente lloraban por la tristeza que sentían en su hoy, y otros miraban a la nada mientras pensaban en las cortas alegrías y largas penas de su pasado.


Y él, después de convertir cada lágrima nonata en una nota musical, detenía su melodioso llanto y dejaba a todos en silencio, con su tristeza encendida, mirando el piano, ya solitario.


Monstruos




 El cine nos enseñó que los monstruos estaban bajo la cama, que tenían manos largas y caras espantosas, y no, no es cierto. A veces, -y eso nos lo demostró la literatura moderna- los monstruos son papá y mamá, un padrastro, un tío o un primo mayor. Alguien que se ganó tu confianza desde que eras un niño. A veces el terror no viene del grito, si no del silencio.


Los monstruos en la vida real te dirán: "Hago esto porque te amo" o también te dirán que tú  "les obligaste a hacerlo".  Los monstruos nos harán cosas inimaginables sabiendo que en la películas, el que tiene cara de buena persona, jamás haría lo que nosotros estamos diciendo.


Los monstruos no están bajo la cama, no están en los lugares oscuros. Los monstruos te miran aún cuando eres solo niño, con deseo. Los monstruos solo te buscan cuando quieren algo que es tuyo o que tienes y ellos no. Las monstruos nunca tienen la culpa de nada, solo la tienes tu, jamás la tienen ellos.

2 de mayo de 2025

Maduramos


 


Maduramos desde el momento que vemos a nuestros padres imperfectos. Cuando pierden el aura de creadores de vida y de único sustento.


Maduramos cuando los vemos como en realidad son. Simples humanos, llenos de mañas, de vicios y repletos de defectos.


Maduramos al poder ver lo peor de ellos y a pesar de eso, aceptarlos, quererlos sabiendo que sus cosas malas, son solo malos momentos.


Maduramos cuando ponemos cara de incomodidad ante un mal entendido,Dejar pasar el tiempo y salir corriendo por nuestro abrazo y nuestro beso.


Maduramos cuando sabemos que cualquier lapso de tiempo que pasemos con ellos es regalo. Y que cualquier tiempo perdido, es algo que lamentaremos.


Maduramos cuando comprendemos que indiferentes al proceder que tengan, debemos recibirlos con los brazos abiertos.


Maduramos cuando a pesar de todas las cosas, conservamos el corazón dispuesto a perdonar todo lo que nos hicieron.


Pues Dios nos dio el espíritu, pero los padres dieron su carne, para darnos cuerpo. Dios nos dió la vida, pero ellos nos dieron cabida en el mundo entero.


Padres, no son perfectos. ¿Pero quienes somos nosotros para criticar lo que hacen o hicieron? Así que hijos, amen, amen, como si la vida dependiera de ello.

17 de abril de 2025

Los dioses sangran





Los dioses sangran,
Pero su sangre, crea.

Sus lágrimas,
Fueron lluvia,Que dió vida.

Y sus temblores nocturnos,
Formaron la tierra.

Su aliento es el viento,
Que mueve las hojas

Y la plaga que los molesta,
Son todas las criaturas,
Sobre la tierra.


20 de febrero de 2025

Existo, porque tú lo deseaste

 




Yo existo, solo porque el verbo de tu boca un día me hizo carne.

Porque tus ojos desearon otros ojos que siempre la mirasen.

Y tú voz deseo un oído que todas tus palabras de amor, escuchasen.

Yo existo, solo porque tus dedos tuvieron la necesidad de tocarme.

Tengo boca, no para hablar sobre mi, la tengo solo para besarte.

Y tengo oídos, solo porque tú voz no puede perderse en el aire.

Yo existo solo porque en el cruel transitar de mi este mundo, deseaste.

Que otro ser existiera, para que ofrendas de amor, te llevasen.

Yo existo solo porque en el orden del mundo en el que existo y tú existes.

El verbo que eres tú, hizo cada sustantivo para que yo me formase.

Y si algún día, que espero no pase, quieres transitar tu camino sola,

Mis ojos se volverán polvo, como polvo se volverán mi boca.

Volveré a la nada de la surgí el día que en este mundo quieras vagar a solas.




3 de mayo de 2024

El Sueño

 



Nunca antes el  deseo que el sueño que tuvo y más que sueño, pesadilla no fuera premonitorio como tantos otros que se hicieron realidad en el pasado. Sentía miedo que llegadas las siete de la noche, o la hora que que la luz del sol ya no estuviera, se hiciera realidad esa pesadilla y se encontrara solo, de nuevo.

Quizás el destino, sustancia única que conforman los hilos de las parcas le daba una oportunidad de despedirse de todos los que estaban destinados al dejarlo, Entonces durante la noche y horas antes el sabia que ese era el ultimo dia de una persona, pero no de cualquiera, si no de las que mas queria en el mundo.

Se le vino a la mente aquel horrible día cuando siendo niño perdió a su padre, a su madre, cuando perdió a su primo, sus tíos, recordó como los vio muertos, como se sentía el corazón roto, y aquel consabido sentimiento de vacío inconmensurable, eterno.  Si, soño con su padre muerto, quizás demasiado joven como para esperar que no conociera a sus nietos. Lo vio en el ataúd, sintió esa soledad, ese vacío existencial que solo pueden sentir los niños huérfanos. 

Soño con su madre días antes que se fuera. Soño que se levantaba donde estaba postrada desde hace meses y le hablaba con esa voz fuerte y clara que no habia escuchado desde hace largo tiempo. Soño con tíos, con primos. Pudo hablar con ellos quizás en espíritu, quizás en sueños, solo pasa enterarse doce horas después que forma imprevista para los otros les habían arrebatado la vida, o de forma fulminante habían muerto.

Desde niño tenía ese horrible poder, esa precognición, esa certeza de los que le esperaba a sus afectos. Y ya al soñar con ella sabía que tenía poco tiempo, entonces, a veces pasaba el dia con ellos, los abrazaba, hablaba largo rato, intentando capturar en su mente, cada segundo del sonido de esa voz, del brillo de esos ojos, de la textura de sus manos o el olor de sus cabellos.

"...Estaban en la cama, el, sentado con la cabeza hundida entre las manos que formaban un cuenco, con la mayor sensación de tristeza que había sentido en mucho tiempo.

Ella estaba a sus espaldas y lo miraba frente al espejo sin decir palabra, usaba el vestido beige que a el tanto gustaba, con el que parecía una hermosa modelo griega. Lo miraba con esos ojos grandes, dueños de todo su amor y de cada uno de sus anhelos. El levanto la cara llena de lágrimas,  con una mirada que recriminaba, como culpandola, por el hecho de quedarse con todo ese amor que siempre lo movia y que ahora comenzaba a envenenarlo por dentro.

Ella lo miraba en silencio como diciéndole que no era su culpa, que si bien no podía estrecharlo en sus brazos, caminaría con el dia a dia, hasta que llegara el ultimo de ellos. Aunque siempre iba a necesitar sus besos, el calor de su cuerpo, el olor a vegetales cocidos que a veces sentía en sus dedos . Pero ya no, la vida  solo le ofrecía un vestigio, una eterna presencia fantasmal, quizás tibia, nostálgica, siempre difusa que no tenia voz, ni calor en el cuerpo..."

Ese fue su sueño, esa fue su visión del día venidero. Eso lo hizo saber que la perdería para siempre, que ella moriría y el quedaría solo, sufriendo por tener que vivir sin ella.Pero debía hacer algo, debía avisarle, debía prohibirle que saliera del cuarto, incluso que saliera de la cama. Pero ella no conocía sus sueños y el poder que tenían ellos para predecir fallecimientos.

No perdió su tiempo, se quedó en casa más de la cuenta, guardando el placido sueño en el que ella -ignorante del pandemonium que vivía el- estaba inmersa. Pero se tuvo que ir, tenía compromisos pendientes. Le dejo una nota: "Oye; hoy volveré temprano, no vayas al trabajo, pasemos la tarde juntos."

Al despertar. Ella fue a la sala. Miro la nota, sonrió y dijo para sí: romántico loco. Para luego decir en voz alta, si no voy al trabajo me suspenden o mínimo no me pagan el día. ¿No salir de casa? Rápidamente desecho la idea. El en su trabajo paso la mañana pensativo, sabía que le quedaban horas, horas inciertas de felicidad, de ganas de vivir la vida.

El sueño venía recurrentemente a su cabeza, no lo dejaba trabajar. La veía muerta de mil formas, su cara triste mirándolo en silencio, pensaba en su espíritu pálido, acompañándole siempre Pero desde muy lejos.

Ella hizo su día como cualquier otro, a la tarde se fue al trabajo, llego un poco tarde, 

El salió temprano pero no volvió a casa, no quería estar presente cuando sucedieran los hechos. Se quedó en un parque esperando el atardecer. Ella comenzó su turno de trabajo, saldría a las 7.00pm, como todas las noches. El esperaría la noticia, quería estar lejos. Ausente, como siempre lo estuvo cuando sus sueños se hicieron realidad, cuando su realidad se convirtió en pesadilla. 

Maldito sueño, maldito poder oculto. ¿Porque mis sueños atraen muerte?, se dijo. ¡Porque debe estar consciente que alguien está viviendo sus últimos momentos! Decía amargamente bajo el árbol en el que se sentó, mientras veía el sol, que sin saberlo era el ultimo de la vida de ella.

Del otro lado de la ciudad, ella pasaba el atardecer trabajando, atendiendo pacientes tras paciente, sin importar su raza,origen o sexo. Se hizo de noche y el silencio lúgubre de todo hospital viejo, se llenó con el murmullo de las enfermeras, los doctores y el croar de los sapitos que todos los seres confunden con grillos.

Llegó su hora de salida, ella se cambió con una sensación extraña en el pecho, se dió cuenta al salir que el no la esperaba en la puerta, avanzo y la cruzar la calle, un motorizado que venia en contrasentido y con las luces apagadas salió de la nada y lanza un bocinazo que pareció eterno, ella dio un salto hacia atrás, pero no hizo falta... El motorizado cuando le faltaba poco mas de medio metro, pudo maniobrar y pasarle justo al frente, haciendo que su cabello ondeara por la estela de viento que dejo la moto al pasar. Horrible susto, pero solo eso.

Avanzo nuevamente, cruzo la calle y a paso rápido recorrió el camino para llegar a casa, preguntándose porque no la espero a la salida y porque no lo consiguió en el camino. Abrió la puerta de la casa, el no había llegado, estaba todo en silencio, a oscuras, paso sin prender la luz, se quitó los zapatos. Fue al baño se lavo las manos y la cara y entro al cuarto a cambiarse la ropa. 

Se quitó la falda, la blusa, se quitó el sostén, cuando sintió un viento especialmente frío entrar por la ventana. Y al mirar al espejo se dió cuenta que una parte del espejo mostraba muy difusa la imagen reflejada.  Se acerco para ver cómo o con que se había ensuciado el espejo, y la mirar mejor vio que en la cama estaba sentado alguien, volteo asustada y casi cae de bruces cuando al mirar se da cuenta que la cama no había nadie, no había nada.

Sintió un dolor en el pecho, se llevó las manos al pecho y casi desnuda como estaba, busco el teléfono y marco el número de el, estaba sentada en la cama, con una mano sostenía el teléfono, con la otra empuñaba un pedazo de la sabana. Repicaba una y otra vez el telefono, nadie contesto, ahora le dolía la cabeza, estaba asustada, sentía la mano que sostenía la sabana algo dormida.

A algunos kilómetros de allí en un parque ya a oscuras, sonaba un celular, una y otra vez. Sin que nadie lo contestará. Su dueño no hacia el mínimo esfuerzo por sacarlo del bolso donde lo guardo para no recibir las malas noticias que esperaba. Ella marco y marco, una y otra vez, nadie contestaba. Sintió un mareo, quizás los nervios la traicionaron, se sentó en la cama. Dejo el teléfono a un lado. Se acostó, cerro los ojos, preocupada. 

Ella nunca supo del sueño, del poder que tenía el para ver en sueños a los que habían de morir. El nunca le contó que pudo hablar con sus padres, el día de su muerte, aunque la distancia los separara. Ella jamás supo que el soño con ella, que el la miro reflejada en un espejo y que iba a morir ese día. 

Y el, con unos ojos ua desde hace un rato abiertos en los que se reflejaba la luna naciente, nunca entendió que era su reflejo el que vio en aquel espejo y era el, el elegido, era el quien moriría ese día y que no tenía que esperar una mala noticia, pues no iba a vivir para escucharla.