-Espero que te vaya bien en la vida, deseo que vivas todas las alegrías que sé que yo jamás podré darte. De verdad quiero que seas feliz, como sé que tú y yo no podemos ser.- Se lo dijo mirándola directo a los ojos mientras ponía esa cara de incomodidad y desencajamiento que ponen los hombres que matan sin querer.
Y así, como si lo que había dicho fuera un saludo en la mañana o la respuesta a un simple: ¿qué hora es? Se acercó a ella, besó su frente y sin despegar sus labios le dijo: suerte. Y dio un paso atrás, luego otro y mirándola directo a los ojos, fue separándose de ella y aunque ella no quería soltarle, ya solo los unían las manos, los dedos. Tres, dos, uno solo. Y de pronto la fuerza vital que mantenía su mano en lo alto paró, y sus dos manos cayeron como troncos de un árbol cuya savia se detuvo por completo.
Frío. Apenas él soltó su mano y sus dedos dejaron de tocar sus dedos, sintió frío, un frío cortante que amenazaba con llegar a su corazón aún convulso por la intempestiva muerte de toda su alegría y sus sueños. Así que cerró sus puños fuertemente, el frío amainó. Se quedó en sus dedos, y lo miró, cuando se dio la vuelta y se fue caminando sin más palabras que las ya dichas. Ella, inmóvil quizás por un segundo, diez minutos o siete horas no dijo nada, no hizo nada. Solo existió antes de cualquier pensamiento.
Dio la vuelta y caminó sin rumbo pero en dirección opuesta a él, como él lo había querido. Ya nunca más caminarían de la mano, nunca más fingiría tropezar para que él la sostuviera entre sus brazos, nunca más el calor de sus manos, ni el olor detrás de su oreja, nunca más sus dedos apoyándose en su cintura buscando seguridad. Todo terminó. Ella soñó, pero despertó en quizás la hora más oscura. Sus pies avanzaban en un camino que desde ese momento le parecía incierto.
Ella no pudo soportarlo y se detuvo para darse vuelta con la esperanza de que él estuviera justo detrás suyo, sonriendo o en el mejor de los casos, corriendo hacia sus brazos para alzarla por los aires y besarla mientras pedía perdón por siquiera pensar que un mundo era posible para ambos, estando lejos.
¡Pero no! Diez, veinte, treinta metros, lo que vio fue al hombre con el que había soñado una vida y planeado muchos años haciéndose cada vez más pequeño en un mundo que para ella estaba comenzando a parecer inmenso y deshabitado.
Volteó, con la determinación firme de ya no mirar al pasado y se encontró un paisaje de belleza agresiva. Pues sentía como golpes aquel sol radiante y aquel cielo azul, las personas hace un rato inexistentes pulularon de pronto y ahora caminaban, reían, hablaban, mientras dentro de sí todo colapsaba. Pero no lloró, y aunque sus ojos ardieron y un grito desde el fondo del alma murió en su garganta, no dijo nada. Solo pensaba, pensaba.
Y así, caminando como en un túnel, llegó a casa, entró a su habitación y se lanzó en la cama. En esa cama que tantas veces sirvió de lecho, donde tantas veces se hicieron un amor que ella pensó eterno. Donde hablaban por horas después del sexo. Donde se contaron sus vergüenzas, sus secretos. Hoy esa cama volvía a ser de una, estaba acostada sola, ya nunca más dormiría con él. Tantos "nuncas" cruzaron su mente, que se quedó dormida mientras las lágrimas brotaban una tras otra sin que ella pudiese hacer nada.
Eran más de las dos de la madrugada cuando despertó. Sentía frío, se levantó de la cama a cerrar su ventana, pero antes de hacerlo miró afuera. Todo era silencio, soledad, frío. Todo oscuridad y una ciudad que permanecía callada. Se dijo para sí o quizás hacia algo allá, en el oscuro cielo -¿Por qué?- y bajó la mirada. Miró sus manos, sus dedos finos, apoyados en el alféizar de la ventana y pensó: estos dedos no podrán tocarte, no podrán darte placer o consolarte. Y mientras lo decía los dedos se hicieron cada vez más finos, traslúcidos como hebras de humo que surgen cuando se quema el incienso. Hasta que desaparecieron.
Levantó los brazos frente a su cara, esos brazos que ya no podrán abrazar ese cuerpo mientras buscaban hacerse uno, en la cama. Ya no, no será, no podrá hacerlo y al igual que sus dedos, sus brazos fueron haciéndose finos, hasta el punto que solo quedó aire donde antes había carne.
Se lanzó a la cama y miró su pecho, que subía y bajaba lento. Y se dio cuenta de que sin él, de qué servía el corazón, si ya no podía entregárselo. Y este, obedeciendo, se hizo con cada latido más pequeño. También desaparecieron las piernas, que no la llevarían ante él. Ella era solo una cara, unos ojos mirando un mundo solitario.
Y fue desde la cama donde pudo ver el cielo resquebrajarse a lo lejos, relámpagos rasgaron la noche, relámpagos mudos, que quedaron como tatuados en el cielo nocturno. Lo marcaron de norte a sur, de este a oeste. Todo se cubrió de rayos que rasgaron todo hasta hacer que pareciese cristal de un automóvil accidentado. Vio las montañas, que intentaron subir estiradas por los dedos de una mano divina y luego caer, resquebrajadas. Y miró las grietas, y el brillo cálido de la piedra derretida entre ellas.
Cerró los ojos y solo escuchó el estallido del cielo e imaginó sus pedazos cayendo desde lo alto, escuchó el bramido de la tierra, tragándose todo y a lo que no, escupiéndole roca incandescente hasta volverlo ceniza.
Ella ya no tenía una razón para existir y el mundo había aceptado dejar de existir con ella. Mantuvo los ojos cerrados en esa cara que se transparentaba cada segundo.
¿Para qué boca, sin sus besos? ¿Para qué mejillas sin sus dedos? Apretó aún más los párpados, oscuridad. Se hizo el silencio allá fuera, quizás todos los pedazos del cielo habían caído ya, y se los había tragado la tierra.
Abrió los ojos, nada. Nada había afuera, nada quedaba dentro.

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