Mamá se estaba despidiendo. Ella, como todas las madres, sabía que era nuestro mundo y sin ella no podríamos vivir. Por eso fue diciéndonos adiós, lento.
Ella era un dinamo, una fuerza natural, que no necesitó descansar nunca. Que podía hacer mil cosas en la casa y recibirnos con una sonrisa, cuando nosotros llegábamos del trabajo, casi muertos.
Siendo niños, la vimos atender a papá, a nosotros, mantener la casa, repartir abrazos y regaños, con la justicia y equidad de cualquier diosa griega. Era ella para todo, era ella para todos.
Pero lento y sin que nos diéramos cuenta, las arrugas de su cara se hicieron tan profundas como las de sus recuerdos.
Pasó de la adultez a la ancianidad mientras el tiempo a nosotros mismos nos hacía sentir viejos.
Así que lento, muy lento, fue preparando su adiós en silencio. Lento como se marchita una flor, lento como un hongo que las raíces va carcomiendo. Ella sabía que no podríamos vivir sin ella; así que todo lo hizo lento.
Dejó de hacernos todo lo que le pedíamos, así que nosotros comenzamos a hacerlo. Dejó de cuidarnos como niños; ahora era ella la que pedía que la cuidáramos, que con dulces o paseos la consintiéramos.
Dejó de levantarse temprano de la cama todos los días en su lucha eterna con el tiempo; ahora podía pasar horas y horas entregada plácidamente a cualquiera de esas cosas desconocidas que hacía en sus sueños.
Dejó conscientemente de ser mamá, se aliaba con nuestros hijos, sus nietos, para gastarnos bromas y divertirse entre ellos. Era y no era mamá: era una niña que fácilmente transitaba de la alegría a la tristeza.
Mamá se estaba despidiendo, nos decía adiós sin que nos diéramos cuenta, enseñándonos su última lección, quizás la más importante de todas. Mamá nos enseñó a empezar a vivir en un mundo donde ella no estuviera.
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