Por lo corta de nuestra existencia,
siempre buscamos trascender, es decir dejar una huella en este mundo en que vivimos. Algunos tienen hijos, perros, siembran arboles, componen canciones o pintan cuadros. Yo a los 15 años escribí mi primer poema. Y tu, si lees y recuerdas después de un tiempo lo que leíste aquí, una parte de mi estará en ti y cierto es que yo habré trascendido. Gracias por Visitarme.

11 de julio de 2026

Marisol amaba leer

 




Marisol amaba leer, tener un libro entre sus manos y leer página tras página, capítulo tras capítulo. Atesoraba los libros, y tenía colecciones enteras: clásicos griegos, rarezas árabes, novelas negras, poemarios de todos los rincones del orbe. Su curiosidad daba para todo; cualquier libro caído en sus manos era leído en cuestión de días.

Pasaron los años, pasaron los libros; leyendo a Borges, soñando con sus bibliotecas hexagonales, a Clark con sus múltiples mundos. Leyendo las historias de amor de Roberts llegó a la vejez. Los libros se le hicieron cada vez más pesados y sus dedos dolían cuando daba vuelta a la página. Pero nunca dejó de leer, de soñar, de vivir las múltiples vidas que le ofrecían los libros. Nunca dejó de hacerlo hasta aquel ictus.

Eso lo hizo olvidarse de todo. De quién era, de quiénes eran esos que se hacían llamar sus hijos. Quién era aquel anciano que la llamaba amor, y aún más: olvidó cada página de todos sus libros. Una a una se hicieron humo, en una pira que se elevó al infinito. Pero con tiempo y paciencia pudo recuperarse; a los meses, pudo recordar quién era, quiénes eran familia o quiénes eran desconocidos.

Y mucho después vinieron a su mente algunas historias nebulosas, distantes, por las cuales tenía que preguntar: Oswaldo, ¿nosotros hemos ido a Macondo? ¿Cuándo volveremos al chalet de esa montaña mágica? Muchas historias se hicieron recuerdos y muchos recuerdos, historias fantásticas sacadas de libros.

El doctor le dijo que ya nada sería igual, pero había que agradecer seguir con vida. Que podía seguir leyendo, pero que al finalizar un párrafo no podría recordar lo que había leído. —Cinco líneas —dijo— es el límite de lo que podía retener; cinco líneas, y a veces en desorden, era lo que podía recordar al terminar un párrafo.

Indiferente al diagnóstico, siguió comprando, siguió leyendo, aunque de la historia solo recordara uno de los protagonistas. Siguió leyendo y le preguntaba a Oswaldo: ¿Cuándo vendrá Zorba? Él dijo que traería mi vestido de Creta. Ella tenía un pie en el presente y otro en el tiempo infinito de los libros.

Su memoria, como la historia de un libro que poco a poco se termina, ha seguido replegandose. Hoy todos sus libros yacen entre polvo y telas de araña; ya no huelen a libro, huelen a olvido, a la vieja madera donde están detenidos. Ya no hay montones de ellos al lado de la cama; hoy no hay hora de lectura, solo de terapias y de medicinas.

Ironía que la biblioteca, otrora con vida, esté abandonada en el ático, donde es imposible que el dolor de rodillas deje que suba, y que todas las historias que amó vuelvan a rodearla como mariposas en primavera. Allí solo quedan montones de libros olvidados, recuerdos de viejas lecturas haciéndose polvo en una memoria que lentamente se hace añicos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario