Cuando él se sentía triste, se sentaba al piano y repartía su tristeza entre todos los presentes, que tenían la dicha —o quizás la pena— de escucharlo. Entonces, aquel hombre recordaba a su madre, hace ya tanto tiempo muerta, y aquel otro, al amor acabado en malos términos.
Una mujer, mirando su anillo, recordaba al prometido asesinado antes de la boda; y aquella otra, al amor que sintió crecer en su pecho y que fue traicionado.
Algunos simplemente lloraban por la tristeza que sentían en su hoy, y otros miraban a la nada mientras pensaban en las cortas alegrías y largas penas de su pasado.
Y él, después de convertir cada lágrima nonata en una nota musical, detenía su melodioso llanto y dejaba a todos en silencio, con su tristeza encendida, mirando el piano, ya solitario.


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